Dependencia emocional… “a la sombra de un amo”

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“No puedo vivir sin ti” es una frase habitual entre enamorados. Estar enganchado a una persona o a un hábito consume energía, libertad y salud mental. Ese vínculo obsesivo implica angustia, miedo a perder el objeto de deseo y poca capacidad de disfrute ante la vida. Hay que aprender a desprenderse de lo que hace daño.

Los seres humanos hemos nacido para establecer lazos con los demás, pero nadie nos enseñó a controlar su impacto en nuestra vida. Algunas personas, objetos o ideas actúan como un imán, nos abruman, consiguen que nos pleguemos a sus pies y causan malestar si se alejan. La sensación de dependencia es completa.

Hay quien no concibe la vida sin su novio, madre, teléfono móvil o gimnasio. Ninguno de estos elementos es imprescindible para salir adelante. No podemos decir lo mismo del aire o el agua, por ejemplo. Todos sentimos afecto y simpatía hacia algo o alguien, pero la existencia de ese sujeto no debe condicionar nuestra felicidad. Si no estás dispuesto a la pérdida renuncias a uno de los rasgos innatos del hombre: la autonomía, la capacidad de gobernarte a ti mismo y ser libre.

Identificar el apego

Riso define el Apego como la “incapacidad de renunciar a un deseo cuando este atenta contra tu salud mental, tu felicidad o tu capacidad de vida”. El quiero dejarlo y no puedo se convierte en una pesadilla para el afectado, subordinado a un amo que decide por él. “Negocias con tus principios, con tu dignidad y con tus valores. Padeces una patología de la libertad”, explica el psicólogo.

Hay cuatro claves que nos ayudan a detectar el problema:

Deseo insaciable → Tu sed no se calma. Necesitas cada día más. “Eres un rumiante para poder mantener el mismo sabor del chicle que masticas”.
Falta de autocontrol → No estás capacitado para regular tu conducta frente a determinado objeto, persona o idea.
Malestar → No estar cerca del motivo de tu adicción te provoca ansiedad.
Persistencia → Sabes que las consecuencias de la relación con la persona o aparato son negativas, pero no puedes cortar el vínculo de unión.

Imagina que te dan un salvavidas para cruzar el río porque si no te hundes. Dependes del flotador. ¿No sería mejor aprender a nadar? “Muchos de los apegos existen porque te ayudan y mantienen tu falta de habilidad. Resuelve tus déficits para no engancharte a las soluciones fáciles”.

¿Por qué “te necesito”?

Muchas personas obsesivas y perfeccionistas adoptan una férrea rutina de trabajo de la que no pueden despegarse aunque quieran. Otras se angustian al imaginar su vida sin su pareja. Una de las causas de la adicción es la inmadurez emocional: quienes encajan en el perfil tienen poca tolerancia al dolor y a la frustración. “Son vulnerables e incapaces de hacer un buen manejo del placer. Siempre quieren más”. La creencia de que el placer es para siempre no ayuda a combatir el apego. Todo se acaba. Las relaciones mueren, los teléfonos móviles se rompen, las condiciones de trabajo varían, pero algunos se sorprenden al descubrir en primera persona esta realidad. Nunca están preparados para el duelo. Si a dicha actitud le añadimos la incapacidad de manejar los conflictos sin pedir ayuda para resolverlos, la probabilidad de desarrollar dependencia emocional es mucho mayor. “Si buscas una muletilla cada vez que tienes un problema, te apegarás a ellas”.

La ambición desmedida es un arma de doble filo: puede provocar trastornos como ansiedad, estrés o depresión y un apego a “querer tener siempre más” y no estar satisfecho nunca.

Perjudicarse a sí mismo

Las consecuencias de la adicción nunca fueron buenas. Para empezar, el dependiente carece de libertad. No sabe tomar decisiones en primera persona. Es cierto que el objeto de deseo brinda una tranquilidad transitoria mientras está ahí, pero cuando desaparece, la sensación es insoportable.

¿Merece la pena vivir con ansiedad por miedo a perder lo que –en teoría– nos da la felicidad?

Ya nada me produce tanto placer como conectarme a internet. Si me quitan internet, me quitan la vida”. Cuidado: este hecho indica que tu capacidad de disfrute ante la vida está en peligro. Riso explica que el fenómeno de la reducción hedonista hace que solo gocemos con el objeto al que estamos apegados.

Filosofía del desprendimiento

El objetivo de esta teoría es no crear nuevos apegos, eliminar poco a poco los que ya tenemos y encontrar una manera inteligente de gestionarlos. Desprenderse de alguien no implica tener indiferencia afectiva, es decir, que tu dolor no me duela y tu alegría no me alegre. “Significa estar contigo pero no sentirme preocupado por la relación, que tú no me definas y yo no te posea”. “Si le dices ‘te necesito’ a tu pareja, vas mal. Deberías decir ‘te prefiero’, porque es una elección”.

Riso propone multitud de estrategias para “Desapegarse sin Anestesia”. Aquí tienes algunas de las más importantes:

– Aceptar que nada es para siempre. La permanencia no existe. “Las cosas cambian, se transforman y se pierden. Hay que incorporar esta filosofía”, .
– Crear resistencia frente a los apegos. El entrenamiento es simple: “métete una barrita de chocolate en la boca y sácatela tal cual está”.
– Aprende a sobrevivir sin lo que crees que aporta sentido a tu existencia.
– Convertirse en un banco de niebla. Eres un ser nebuloso que no atrapa insultos ni críticas. Si dejas que las palabras dolorosas te atraviesen, evitarás depender de la aprobación de los demás, por ejemplo. “Es mejor que te aplaudan a que te silben, pero si no puedes vivir sin el aplauso, tienes un problema”.
– Dosis de realismo. “Hay que ver las cosas como son. Los budistas enseñan una virtud: la desesperanza”. – Aprender a perder es importante para no toparse con la realidad y sufrir en exceso.

Miedo al cambio

El apego biológico a los hijos es inevitable, pero de preocuparnos por ellos a tener una actitud sobreprotectora hay una distancia considerable. “Hay quienes impiden que su hijo se independice, sea libre y aprenda a hacerse cargo de sí mismo”, afirma Riso. Cuando llega el momento de que el mochuelo abandone el nido, algunos padres entran en crisis. ¿Acaso creemos que la infancia es eterna? Querer a la familia no está reñido con tener autonomía. “Hay que estar pendiente, pero no ser dependiente“, sugiere el psicólogo.
No obstante, la crisis ha hecho que nuestros parientes vuelvan a ocupar un rol central –en muchos casos–. “Antes, nadie pensaba en los abuelos, y ahora son los que están sosteniendo la familia”, declara Riso. No es la única consecuencia de una de las etapas más negras de la economía de nuestro país.

¿Quién dijo trabajo? Muchas personas lo perdieron o tuvieron que adaptarse a nuevas condiciones, nuevos horarios, nuevo nivel de vida. Quizá no estábamos preparados para un cambio tan brusco.

Riso afirma que

“la crisis nos sacó de la rutina y nos educó a la fuerza. Es como un terapeuta que nos ayuda a desapegarnos de cosas”. Algunos afortunados se han quedado sin yate. Otros se han visto obligados a dejar su casa o emigrar a otra ciudad.

Y es que estar enganchado a bienes materiales es muy común. Hay adictos a la tecnología (internet, telefonía móvil), a la moda y a la belleza. Es el caso de las “pacientes quirúrgicas insaciables” o los adictos al gimnasio. El apego a la salud ya es una realidad. Hay quien se obsesiona con el consumo de alimentos orgánicos o con llevar una vida saludable.

“La clave para desengancharte de todo lo que condicione tu felicidad es no verlo como imprescindible. Recuerda: no dejes que tu deseo se convierta en necesidad”.

(Walter Riso de su Libro Desapegarse si anestesia).

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