Nuestro dilema espiritual…

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La codependencia hace que un dilema se agite dentro de nosotros. Para muchos de nosotros, nuestro dolor y desesperanza son signos de profunda necesidad interior. Esta necesidad, hambre o deseo roe en lo fundamental de nuestro ser. Podría ser un grito que pide amor incondicional, respeto, cariño, aceptación o alegría.Muchos recurrimos a las personas, drogas, alcohol y otras adicciones para llenar esta necesidad y obtener algún sentido de seguridad, autoestima y bienestar.

Nuestras respuestas a las siguientes preguntas pueden ayudarnos a determinar cómo hemos buscado en otras personas o en las adicciones nuestro bienestar emocional.

¿Controlo a los demás para aliviar mis miedos?
¿Permito a los demás que me controlen por miedo a su abandono o abuso?
¿Adapto o cambio mi comportamiento para los demás?
¿Confirmo que valgo la pena como persona a través de ellos?
¿Evado a los demás con el propósito de sentirme seguro?

En CoDA, aprendemos que nuestra autoestima y nuestro bienestar provienen de nuestro Poder Superior. Cuando intentamos controlar o manipular a los demás de una manera codependiente, nos convertimos a nosotros mismos en un Poder Superior para mantener nuestra sensación de seguridad y bienestar. Cuando de manera codependiente evadimos a los demás, adaptamos o cambiamos nuestro comportamiento para ellos, les damos, en lugar de dárselo a nuestro Poder Superior, ese control y esa fortaleza.

Al convertirnos a nosotros mismos en un Poder Superior o al darles este poder a otros, estamos dejando poco espacio para que nuestro Poder Superior haga su labor en nuestras vidas. ” Este es nuestro dilema espiritual “.

Los siguientes párrafos describen cómo nuestro dilema espiritual puede llevar al control y a la evasión, especialmente cuando las circunstancias nos causan estrés.

Controlando a las personas y a las circunstancias.

Muchos de nosotros nos sentimos orgullosos de controlar las circunstancias y a los que nos rodean. Si especulamos, podríamos ser objeto de abuso, abandonados, maltratados o ignorados por los demás, los etiquetamos como el problema y los manipulamos. Específicamente, podemos controlar excesivamente a nuestras parejas, a nuestros hijos, a los miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o socios dominándolos. Otra manera en la que los controlamos es siendo “lindos,” pasivos o mansos durante largos períodos de tiempo. Luego, cuando el miedo u otros sentimientos nos abruman, nos enfurecemos, nos aislamos o permitimos que otros opinen por nosotros.

Nos convertimos en un Poder Superior cuando controlamos a los demás, en cualquier grado, sea sosegadamente o agresivamente. Incluso podemos reforzar nuestro control con una actitud de arrogancia, autoridad o prejuicio. Consideramos las opiniones y conductas de los demás como tontas, interesadas o sin valor. Nos establecemos a nosotros mismos en una posición de “mejores que.” Pensamos que nuestra manera de hacer las cosas es la única manera.

Al darles el poder de nuestro Poder Superior a otras personas, podemos estar buscando la aprobación de los demás, con frecuencia hasta el punto de abandonar nuestros propios deseos y necesidades. Vivimos con miedo de aquellos a quienes hemos puesto en el poder. Nos asustan su enojo o sus miradas de desaprobación. Tememos decepcionarlos, que nos ignoren o que nos controlen. En esencia, perdemos nuestro sentido de individualidad (o nunca lo tuvimos) porque nos obsesionamos con sus actitudes y conductas hacia nosotros.

Evadiendo personas y circunstancias.

Algunos de nosotros tememos tanto a los demás que evitamos cualquier grado de de cercanía o de intimidad. Nos esforzamos por evitar ponernos en una situación vulnerable. Nos volvemos hábiles para ocultar nuestros miedos, especialmente cuando las cosas parecen salirse de control. Podemos incluso quedarnos callados cuando experimentamos la injusticia o el abuso.

Podemos caer en papeles de mártir o parecer desamparados para evadir la responsabilidad o confrontación. Podemos colocarnos en una posición servil y juzgarnos a nosotros mismos con dureza. Podemos creer que no somos lo suficientemente aptos para vivir una vida con relaciones, propósito o felicidad.

Nuestra codependencia empeora; nuestro miedo y vergüenza nos abruman. Controlamos y evadimos a las personas aún más. Pero estas conductas son sólo arreglos temporales; nuestros miedos siempre regresan y nuestra vergüenza está siempre presente.

Muchos buscamos falsos dioses. Adormecemos nuestros sentimientos con alcohol, drogas, comida, sexo o trabajo; con frecuencia éstos se convierten en adicciones crónicas y complican aún más nuestros problemas. Ninguno de ellos nos proporciona libertad o paz.

No importa si nos colocamos en una posición de “mejor que” o “menos que”, como controladores o como evasores, nos comportamos de manera egocéntrica. La igualdad se pierde.

¿Qué impulsa nuestra necesidad de controlar y de evadir a los demás?

Muchos preguntamos, “¿No son algunas de estas conductas saludables?” La respuesta puede encontrarse en la motivación de nuestras conductas. Nuestro comportamiento hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia nuestro Poder Superior puede ser el apropiado si es por elección y con límites saludables. Por ejemplo, podemos salir del espacio de una persona si está siendo amenazadora verbal o físicamente. Sin embargo, nos comportamos de manera codependiente, si permitimos que el miedo o la vergüenza dicten nuestras vidas, haciéndonos depender de instintos de supervivencia del pasado tales como el control y evasión.

El miedo.

Para muchos de nosotros, el miedo es nuestro guardián; nos ayuda a protegernos de ser dañados. Como codependientes, utilizamos el miedo habitualmente para protegernos de cualquier oportunidad de ser avergonzados por los demás. Nuestro miedo puede estar encubierto con enojo o resentimiento, furia, dolor o soledad. Muchas veces nuestra pasividad, silencio, manipulación, aislamiento, furia, violencia, negación o incluso hipocresía son expresiones de nuestro miedo. Otros sentimientos que se hacen presentes como miedo son: preocupación, ansiedad, nerviosismo, y el sentirse tenso o asustado.

La vergüenza.

La vergüenza nos motiva a creer que somos “menos que,” estúpidos, tontos, insignificantes, sin valor, inadecuados o indeseables. Disminuye nuestro verdadero sentido de identidad y destruye nuestra creencia de que somos seres humanos afectuosos. Erosiona nuestra autoestima y nuestro sentido de igualdad en el mundo.

La experiencia del miedo y vergüenza en la infancia.

En la infancia, nuestra identidad así como también nuestras relaciones con nuestro Poder Superior, con nosotros mismos y con los demás sufrieron lesiones cada vez que se abusó de nosotros o se nos descuidó. Sentimos vergüenza y naturalmente temimos su recurrencia, a pesar de eso permitimos que nuestro sentido de individualidad y bienestar fueran moldeados por esos que abusaron y nos descuidaron. De niños, no teníamos otra opción.

A medida que continuamos experimentando el abuso o abandono, nuestro miedo y nuestra vergüenza se intensificaron; cedimos más de nosotros mismos. Con el tiempo (la mayor parte de las veces sin darnos cuenta), los que abusaron de nosotros se convirtieron en nuestro Poder Superior. Aprendimos a temer su autoridad. Como el abuso y la negligencia continuaron, la posibilidad de desarrollar una relación emocionalmente satisfactoria con nosotros mismos, con los demás, y con nuestro Poder Superior disminuyó.

Aprendimos habilidades de supervivencia para lidiar con todo eso. Controlamos o evadimos circunstancias potencialmente inestables.Repudiamos nuestra infancia, tratamos de convertirnos en adultos pequeños o nos rebelamos. Muchos de nosotros no pudimos comprender nuestro proceder porque con frecuencia era instintivo.

Con el paso del tiempo, aprendimos cómo aligerar nuestro miedo y vergüenza controlando y/o evadiendo a los demás y evadiéndonos y/o controlándonos a nosotros mismos. Cuando nos sentimos abrumados o nos estresamos, dependimos de lo que conocíamos mejor para sobrevivir. En este devastador ciclo de codependencia, tomamos un mayor control de la vida, dejando menos espacio para que un poder mayor hiciera su labor a través de nosotros.

Continuando esta conducta en la edad adulta.

Sin algún tipo de ayuda, llevamos estos conflictos emocionales y patrones de supervivencia hasta nuestras vidas de adultos. Esperamos encontrar paz y felicidad y dejar atrás el pasado; pero en lugar de eso, recreamos condiciones similares u opuestas en nuestras relaciones de adultos. Ningún extremo es saludable. Sin darnos cuenta transferimos las características y el poder de los que abusaron de nosotros en la infancia a personas significativas en nuestras vidas actuales. Algunas veces, también transferimos características abusivas a nuestro Poder Superior.

En nuestras relaciones de adultos, temerosamente nos ponemos a la defensiva contra cualquier indicio de vergüenza, abuso o abandono. Nos volvemos manipuladores o evadimos a personas y circunstancias. Este miedo puede volverse más fuerte que la vergüenza misma. Forma una base muy poco sólida para las relaciones. Seguimos atrayendo a otros cerca de nosotros (esperando intimidad) pero cuando se acercan mucho, los hacemos a un lado por nuestro miedo a la vergüenza.

Construyendo nuestro concepto de un Poder Superior.

Muchos de nosotros participamos en religiones organizadas o aprendemos varias doctrinas y conceptos de Dios o de un Poder Superior. Posiblemente algunos tenemos la esperanza de limpiar nuestra sensación de vergüenza al vivir vidas rectas. Aún el cambio conductual controlado junto con nuestras creencias religiosas no son suficientes. Nuestros motivos pueden ser virtuosos, pero todavía estamos atados emocionalmente a las personas abusivas y negligentes en nuestras vidas, con más fuerza a esos de nuestra infancia.

Algunos de nosotros somos ateos o agnósticos. La religión organizada puede recordarnos a un Dios autoritario y abusivo. Algunos podemos estar enojados con nuestro Poder Superior por las experiencias negativas que afrontamos, o podemos descubrir que hemos estado enojados con este Poder Superior durante años pero no lo sabíamos. Algunos creemos que somos indignos del amor o de la gracia de Dios.

Tenemos que preguntarnos, “¿está mi vida plena de honestidad y serenidad?” “¿Estoy trabajando por tener una relación segura, sana y amorosa con mi Poder Superior, conmigo y con los demás?” La mayor parte de las veces, la respuesta es “No.” Nuestro miedo y vergüenza nos llevan a comportarnos de manera devastadora.

A dondequiera que nuestro rumbo codependiente nos lleve, encontraremos que no nos queda otro recurso qué buscar un Poder seguro y más grande que nosotros mismos, uno que pueda restaurar nuestra salud. Para continuar la recuperación, tenemos que estar dispuestos a considerar esta tarea.

Si no hemos tenido experiencias antes con un Poder Superior, entonces nuestro concepto de un ser seguro puede comenzar a tomar forma. Si ya tenemos una relación con Dios, podemos ayudar a fortalecerla. Cualesquiera que hayan sido nuestras creencias anteriores, podemos comenzar a construir una base espiritual para nuestro programa de recuperación.

Iniciando el viaje de recuperación de la codependencia.

Ejerciendo nuestra codependencia, excesivamente colocamos nuestra fe y esperanza en nosotros mismos, en nuestras parejas, en nuestros hijos, en nuestros parientes y en nuestros amigos, incluso en nuestras carreras y en nuestros estilos de vida. Lo hacemos por nuestra seguridad, autovaloración, mérito y bienestar.

En la recuperación, aprendemos a construir la fe y la esperanza, y dejar progresivamente nuestras vidas al cuidado de un Poder Superior amoroso. Aprendemos a dejar ir nuestras conductas controladoras y maneras de evadir, a manejar nuestros sentimientos en torno a lo que hacemos, y a desprendernos emocionalmente de quienes dependemos compulsivamente.

Algunos de nosotros extendemos con gusto nuestra mano hacia la de nuestro poder Superior. Algunos lo hacemos en nuestra desesperación. Algunos nos damos cuenta que nuestra capacidad de confiar en cualquier persona o en cualquier cosa ha sido enormemente disminuida y que puede llevar su tiempo. Puede que necesitemos una sensación de seguridad. Puede que tengamos que hacer como que tenemos fe hasta que se haga una realidad.

Muchos oramos o meditamos cuando nuestro miedo es tan avasallador que somos incapaces de dejar siquiera una pequeña parte de nuestra voluntad o de nuestras vidas a nuestro Poder Superior. Con frecuencia, lo único que el momento nos permitirá será tan sólo una simple plegaria como, “Dios, por favor ayúdame a encontrar la voluntad de dejar ir.”

A medida que continuamos nuestra recuperación, muchos logramos rendirnos más fácilmente ante nuestro Poder Superior y podemos experimentar la presencia sincera de este Poder dentro de nosotros. Rendirse y dejar ir no significa que las circunstancias de la vida ocurrirán de la manera en que nosotros queremos. Significa que seremos capaces de aceptar la vida tal como es y de manejar los problemas con una nueva fortaleza que proviene de nuestro Poder Superior. Esto nos posibilita a tener acceso a la creciente experiencia de tomar nuestro poder, tener humildad y una autoestima en toda la extensión de la palabra.

Aprendemos que nuestro Poder Superior no crea malas personas. La bondad habita dentro de todos nosotros, aún dentro de los responsables de las promesas rotas y las traiciones, los abusos, las heridas y los miedos de nuestro pasado. Es posible amar a estas personas, aunque no condonemos sus conductas negativas. Hasta nos podemos amar y nos podemos perdonar a nosotros mismos. A nuestra propia manera, todos estamos aprendiendo a amar y a recibir amor.

Incluso con la ayuda de nuestro Poder Superior, ninguno de nosotros vive o ama de manera perfecta. Nuestra naturaleza humana continúa evolucionando. Comenzamos a darnos cuenta de que el perfeccionismo es meramente una ilusión. A la larga, cometemos muchos errores, y a veces “recaemos” en nuestras conductas codependientes.

Cuando no somos capaces de mantener nuestra estabilidad emocional, fortaleza o autoestima, reflexionamos sobre el trabajo que tenemos por hacer y que la recuperación es un proceso constante en la vida. Recordamos que comparar nuestro progreso con el de los demás es una forma de autoderrotismo; cada uno de nosotros está aprendiendo a su propio paso y de acuerdo a su propio equilibrio.

Para conservar la relación con nuestro Poder Superior y prever cualquier contratiempo en nuestra conexión con Él, nos parece útil priorizar nuestras relaciones. Nuestra relación con nuestro Poder Superior debe estar en primer lugar. Una vez que establecemos y comenzamos a desarrollar esta relación, somos más capaces de desarrollar una relación con nosotros mismos. Al tiempo que nuestras relaciones con nuestro Poder Superior y con nosotros mismos se hacen más fuertes y estables, empezamos a sanar y a desarrollar relaciones basadas en el amor con otras personas. Cuando aceptamos una prioridad más sana para nuestras relaciones cercanas, le permitimos a nuestro Poder Superior que trabaje en nuestras vidas. Nos apoyamos en fuerzas que exceden con mucho a las nuestras.

Al continuar fortaleciendo nuestra relación con nuestro Poder Superior a lo largo de nuestra recuperación, nuestro abrumador cansancio, depresión, ansiedad, desesperación y desesperanza son reemplazadas por una creciente fortaleza y adaptabilidad. Paso a paso, nuestro miedo a la vergüenza disminuye. Nuestras heridas y sentimientos de la infancia se curan progresivamente. Experimentamos encuentros de oración y meditación de mayor riqueza. Se vuelve más fácil dejar ir nuestras conductas de control y evasión, y permitir que nuestro Poder Superior guíe la travesía de nuestra vida.

Los milagros de la recuperación se despliegan ante nosotros. Las relaciones basadas en el amor con nuestro Poder Superior, con nosotros mismos, y con los demás, mejoran y evolucionan. Nos empezamos a sentir más confiados de que nuestras necesidades más profundas serán satisfechas. No recurrimos con tanta frecuencia a otras personas o a un estilo de vida malsano para satisfacer nuestra hambre espiritual. Como la luz del amanecer, la voluntad de nuestro Poder Superior irradia a través de nosotros en nuestra tranquilidad y confianza.

(Tomado de Libro CoDA Capítulo Dos).

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4 comentarios sobre “Nuestro dilema espiritual…

    1. Pablo; un PODER SUPERIOR se refiere a un DIOS o como tu le llames de acuerdo a tus propias creencias o según tu propio entendimiento de que hay un ser que fue quien te creò, se le llama poder superior para no entrar en controversias religiosas.

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